

Una fotografía muestra a una mujer tendida en un andén con su cara aplastada contra un recipiente de plástico, y otra, a un hombre que mete la cabeza en una matera. Una escultura da cuenta de un hombre distorsionado por su gordura, que más se asemeja al muñeco Michelin.
Lo incongruente y lo insólito gravitan alrededor de la obra de Erwin Wurm (Bruck, 1954) y el espectador se debate entre la perplejidad y la risa. Los objetos cambian de función y las personas cambian de sentido. Arriba es abajo y abajo es lateral. Las percepciones son puestas a prueba y se crea un mundo paralelo donde las preguntas del artista se asemejan a las del filósofo; ¿dónde estamos?, ¿quiénes somos?, ¿por qué el mundo? A pesar de los interrogantes, Wurm confiesa con honestidad: “Cada tiempo tiene su propia verdad. Eso es lo que los artistas y los filósofos buscan. Sin embargo, ambos fracasan constantemente”.
A la edad de 15 supo que quería ser un artista. Su padre trabajaba como detective en la policía y su visión sobre los artistas era más que sospechosa. El hecho de que su hijo quisiera ser uno era un tema tabú. “Mi padre le gustaba a todo el mundo, hasta a las personas que ponía tras las rejas. Ellos le mandaban pequeñas esculturas de torres o de iglesias hechas con fósforos o con pitillos. Tenía toda una colección de miniesculturas. Quizá eso me hizo querer ser artista”.
Es precisamente el acto escultórico el que ha estado en el centro de sus preocupaciones. Tratar, por ejemplo, el volumen, el peso, el equilibrio y la forma fuera de un podio, como en sus Esculturas de un minuto, donde el público sigue instrucciones para producirlas por un tiempo determinado: “Abra su pantalón y póngale un ramo de flores”, “Métase dos lápices por la nariz y una grapadora en la boca”, son algunos de las consignas a seguir, y así interactuar con la idea del artista. El video y la fotografía dan cuenta de estos episodios efímeros. El concepto de escultura en la obra de Wurm cruza fronteras y se mezcla con la acción para crear imágenes poderosas que tienen un impacto directo.
Su obra se ha presentado en los escenarios del arte internacional más representativos y pertenece a los artistas más relevantes del presente.
La muestra La memoria en la era de la globalización: perspectivas de la mirada desde afuera, curada por Sàrolta Schredl, recoge trabajos de los 20 años del quehacer artístico de Erwin Wurm








